El último día en Roma amaneció con calma. Nos despertamos alrededor de las ocho y media y, después del desayuno, decidimos comenzar la jornada en un lugar muy especial: la Basílica de Santa Maria Maggiore.
Era imposible no pensar que, de algún modo, aquel templo resumía el espíritu del viaje. La iglesia impresiona por sus dimensiones, sus mosaicos dorados y la majestuosidad de sus naves. Sin embargo, lo que más nos conmovió fue precisamente aquello que casi pasa desapercibido. Allí descansan los restos del papa Francisco. Su tumba sorprende por una sencillez absoluta. Apenas una losa de mármol con su nombre grabado. Sin monumentos, sin esculturas ni grandes homenajes. En medio de una basílica tan espléndida, aquella simplicidad habla más fuerte que cualquier ornamentación.
Al salir tomamos el metro hacia Garbatella, uno de esos barrios que rara vez aparecen entre las visitas obligadas y, sin embargo, representan una parte muy auténtica de Roma. Garbatella transmite tranquilidad. Sus edificios, conocidos como lotti, fueron concebidos como pequeñas comunidades donde cada conjunto de viviendas comparte jardines, escaleras y patios interiores. Todo está rodeado de árboles, plantas y pequeños rincones que invitan a caminar despacio.
Nuestra intención era llegar hasta la Casetta Rossa, pero no pudimos acceder. El lugar parecía estar ocupado por inmigrantes y el acceso estaba restringido. Muy cerca funcionaba un pequeño café donde varios jóvenes estudiaban italiano con sus libros abiertos sobre las mesas. Fue una escena sencilla, cotidiana, pero que mostraba otra cara de Roma: una ciudad que continúa recibiendo personas de todas partes del mundo.
Desde allí volvimos al metro y descendimos en la estación Piramide. Al salir aparece, casi de manera inesperada, la enorme Pirámide de Cayo Cestio, construida hace más de dos mil años. Resulta extraño encontrar una pirámide egipcia en medio de Roma, pero justamente esa mezcla de culturas es parte del encanto de la ciudad.
Junto a ella se encuentra uno de los lugares que más esperaba visitar: el Cementerio Protestante. Es un sitio silencioso, cubierto de cipreses y jardines cuidadosamente mantenidos. Allí descansan artistas, escritores y viajeros que encontraron en Roma su último hogar. Buscamos la tumba de John Keats. Frente a ella permanecimos varios minutos en silencio. Sobre la lápida puede leerse la frase que él mismo quiso como epitafio: "Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua." Fue un momento profundamente emotivo. Mientras observaba aquella tumba no podía dejar de pensar en Hyperion, la extraordinaria novela de Dan Simmons. Allí, Keats deja de ser únicamente un poeta romántico para convertirse en uno de los personajes centrales de una de las obras de ciencia ficción más importantes del siglo XX. Resulta conmovedor pensar que aquel joven que murió creyendo que sería olvidado terminó viviendo para siempre en la literatura.
Después regresamos al metro y descendimos en Colosseo. Cada vez ocurre lo mismo. Uno sale de la estación... y el Coliseo aparece de golpe. No importa cuántas veces se lo haya visto. Sigue produciendo el mismo efecto. Intentamos comprar una gaseosa en un pequeño kiosco cercano, pero nos pidieron 4,90 euros por una botella. Nos pareció un abuso y preferimos seguir caminando.
Entramos nuevamente al Foro Romano. Era la segunda vez que lo recorría, pero ocurre algo curioso con ese lugar: nunca parece repetirse. Caminar entre los templos derruidos, los antiguos caminos de piedra y los jardines hace que uno pueda imaginar con facilidad la vida cotidiana de hace dos mil años. No es solamente un conjunto de ruinas. Es una ciudad que continúa respirando.
Al salir seguimos caminando por la Via del Corso en dirección a Piazza di Spagna, deteniéndonos una y otra vez frente a las tiendas de ropa. En una heladería nos regalamos uno de los mejores sabores del viaje: mascarpone con miel y amaretto. Los helados italianos tienen algo difícil de explicar. Parecen más intensos y más delicados al mismo tiempo.
Después tomamos nuevamente el metro hasta Roma Termini. Todavía nos quedaban algunas horas, así que recorrimos los alrededores y entramos en una galería comercial. Allí descubrimos el Caffè Dagnino. Fue uno de esos lugares que aparecen por casualidad y terminan quedando grabados en la memoria. El salón, la pastelería y el aroma permanente del café hacían difícil marcharse. Pedimos un capuchino acompañado por unas galletas. Fue una pausa perfecta.
Regresamos caminando lentamente hasta el hotel. El cansancio acumulado de cinco días intensos comenzaba a sentirse. Nos acostamos temprano. Mientras conciliábamos el sueño pensé que Roma tiene una virtud extraordinaria: uno nunca siente que se despide de ella. Solo queda la sensación de que algún día volverá.