Ese día decidimos visitar Tivoli, una pequeña ciudad situada en las colinas al este de Roma, famosa por sus villas históricas. Después del desayuno preparamos algo sencillo para el camino: armé un sándwich y llevamos también dos croissants. A las 8:00 de la mañana tomamos el tren rumbo a Tivoli.
Llegamos alrededor de las 9:00. Al salir de la estación comenzamos a caminar hacia el centro de la ciudad y, casi sin buscarlo, nos encontramos con la entrada a Villa Gregoriana. Decidimos entrar. El parque resultó ser una verdadera sorpresa. El recorrido desciende por senderos entre rocas, vegetación y escalones empinados. Aparecen miradores, grutas y pasajes húmedos, y el sonido constante del agua acompaña todo el camino. Lo más impresionante son las cascadas, que caen con fuerza dentro de un profundo valle. La sensación es la de estar caminando dentro de un paisaje romántico del siglo XIX. La entrada costó 10 euros por persona, y aunque el recorrido tiene cierta dificultad —con escalones empinados y húmedos— el esfuerzo vale completamente la pena.
Después de salir del parque quisimos visitar Villa d’Este, pero descubrimos que abría recién a las 14:00. Así que decidimos aprovechar el tiempo y visitar primero Villa Adriana. Desde el centro tomamos un bus que nos llevó unos 6 kilómetros hasta el enorme complejo arqueológico. Villa Adriana fue la residencia del emperador Adriano, y recorrerla es como caminar por una ciudad romana en ruinas. El predio es inmenso y está lleno de restos de edificios, termas, patios y jardines. La entrada costó 12 euros, más 5 euros por la audioguía. Entre todas las estructuras, dos lugares nos impresionaron especialmente: El Teatro Marítimo, un pequeño edificio circular rodeado por un canal de agua, donde Adriano tenía un espacio privado para retirarse. El Canopo, un largo estanque rodeado de columnas y esculturas que crea una perspectiva espectacular. Debido a la extensión del lugar y la cantidad de cosas para ver, estuvimos allí hasta alrededor de las 15:00.
Luego tomamos nuevamente el bus de regreso a Tivoli para finalmente visitar Villa d’Este. La entrada es bastante discreta y no anticipa en absoluto lo que se encuentra dentro. Al cruzar el edificio y salir hacia los jardines aparece uno de los espectáculos más impresionantes del Renacimiento italiano. El parque está construido en terrazas llenas de fuentes, caminos, escalinatas y esculturas. Hay más de treinta fuentes, cada una con un diseño distinto. Entre las más famosas se encuentran: La Fuente del Órgano, que produce música utilizando la presión del agua. El Viale delle Cento Fontane, un largo corredor donde el agua fluye continuamente por decenas de pequeños surtidores. Todo el jardín está lleno de movimiento: el sonido constante del agua, la luz reflejada en los estanques y las perspectivas que cambian al caminar.
Después de recorrer los jardines regresamos a la estación y tomamos el tren de vuelta a Roma alrededor de las 17:00. Al llegar caminamos un rato por Piazza di Spagna, disfrutando del ambiente de la ciudad al atardecer.
Ya por la noche volvimos al hotel y cenamos pasta con pesto genovese. Fue un día largo, lleno de lugares muy distintos entre sí: primero la naturaleza salvaje de Villa Gregoriana, luego las ruinas imperiales de Villa Adriana y finalmente la exuberancia renacentista de Villa d’Este. Tres formas distintas de belleza en un solo día.