El viaje comenzó en Buenos Aires con destino a Roma, haciendo una escala en Madrid. El vuelo fue tranquilo; entre películas y conversaciones, disfrutamos de ese pequeño ritual que tiene viajar: el tiempo suspendido entre un lugar y otro. Ambos elegimos asiento de pasillo para estar más cómodos durante las largas horas de vuelo. Aterrizamos en el aeropuerto de Fiumicino y desde allí tomamos el tren Leonardo Express hacia la ciudad. Llegamos al hotel alrededor de las 13:00. Dejamos el equipaje, nos acomodamos un poco y salimos enseguida a caminar. Roma nos esperaba.
Tomamos un bus rumbo al Giardino degli Aranci, el famoso Jardín de los Naranjos en la colina del Aventino. El lugar está elevado, por lo que tuvimos que rodear parte de la colina para llegar. Al entrar, el perfume de los naranjos y la vista panorámica de la ciudad crean una escena inolvidable. Desde allí se observa Roma extendida, tranquila, casi silenciosa.
A pocos metros del jardín había una larga fila de personas frente a la puerta del Priorato de los Caballeros de Malta. Todos esperaban su turno para mirar por la famosa cerradura que enmarca perfectamente la cúpula de San Pedro. Decidimos seguir caminando sin esperar.
Descendimos luego por Via Marmorata, admirando las construcciones antiguas, hasta llegar al barrio de Trastevere. Allí nos perdimos deliberadamente por sus calles. Trastevere tiene algo especial: árboles que se inclinan sobre el empedrado, fachadas coloridas, restaurantes y cafés llenos de vida. Compramos un panini de jamón serrano con burrata y nos sentamos a comerlo mientras observábamos el movimiento del barrio. Fue una comida simple, pero perfecta.
Continuamos caminando bordeando el río Tíber, hasta llegar ya entrada la noche a Piazza Navona. Roma de noche tiene un aire profundamente romántico. En noviembre oscurece temprano, pero la ciudad sigue viva. Seguimos hasta la Fontana di Trevi, aunque la multitud era tanta que preferimos continuar sin detenernos demasiado. Pasamos por el centro comercial La Rinascente, con sus lujosas tiendas de diseñador, y finalmente tomamos un bus de regreso al hotel.
Para cerrar el día cenamos en un pequeño restaurante cercano. Soledad pidió una auténtica pizza italiana, y yo pasta. El cansancio del viaje se hizo sentir. Nos dormimos profundamente, con esa mezcla de agotamiento y entusiasmo que trae siempre el primer día en una ciudad eterna.